El día de la despedida, y casi siempre algo
ingrato: toca hacer la maleta, ponerse el reloj, relacionarse con las
aerolíneas, el estrés del tiempo,… Pero aquí estoy en la puerta del embarque
tras un paseo por el centro de Reikiavik.
Hoy tocaba madrugar, pues había quedado a las
9.30 de la mañana para entregar la furgoneta, y antes claro tenía que terminar
de preparar el equipaje y conseguir que todo cupiese en la maleta.
Tras entregar la furgoneta paseíto a la
terminal de autobús tirando de la maleta, pues ayer no me la quisieron aceptar
en el aeropuerto. Así que la dejo hoy en las taquillas de la estación de
autobuses y me doy el paseíto por Reikiavik sin carga de equipaje. Merece la
pena, pues la distancia entre la estación y el centro de la ciudad se puede
realizar caminando en apenas unos minutos.
Paseo por el centro de la ciudad para ver los
comercios, los restaurantes, las calles, su casas,.. un agradable entorno
turístico. Coincido con una orquesta infantil dando un concierto en plena
calle; compro algunos regalos para familia y amigos, y para mí la T-shirt de
rigor como recuerdo del viaje, una parada en uno de los muchos restaurantes
para comer algo, degustar la última cerveza del lugar y vuelta a la estación
para ir a tiempo al aeropuerto.
Pero en la estación de autobuses unos momentos
de pánico, pues parece no funcionar la clave de la taquilla y no puedo sacar la
maleta. El autobús sale en apenas unos minutos y no hay manera de que la
máquina acepte el pin de acceso. Creí recordarlo, pero al parecer los nervios
me estaban jugando una mala pasada. Intento respirar hondo y recuperar la calma
cuando casi por casualidad veo que en el ticket aparece la clave que había
introducido, al parecer algún número no lo había introducido correctamente,
ufff por poco.
Ya en el aeropuerto descubro por qué la
aerolínea de bajo coste con la que viajo se llama “WOW”, es la primera
expresión que te sale cuando te indican cuál es la cola para dejar el equipaje,
que no facturar, pues facturar lo tienes que hacer, sí o sí, en una de las
máquinas. Y es que el bajo coste es lo que tiene, que el precio eres tú: lo
tienes que hacer todo. Te sacas la tarjeta de embarque y la pegatina para el
equipaje; lo colocas en la maleta y tras esperar la cola te haces tú mismo la
facturación, por supuesto, en otra máquina, porque claro no somos expertos en
máquinas de este tipo y cada uno tardamos un buen rato en realizar la
operación.
Por lo demás todo bien, el chequeo de rigor:
he conseguido pasar la pasta de dientes pero no el agua. Tengo que atravesar
las tiendas que es ahora la moda de los aeropuertos, pues a algún listo se le
ocurrió que en lugar de tratar que los pasajeros entren en las tiendas, les
obligamos a que pasen por ellas, y claro en este mundo de consumo y capitalismo
parece que a nadie le pareció una mala idea, o al menos no pudo impedirlo. Y el
futuro ya lo imagino, al entrar en la zona comercial te obligarán a coger al
menos 3 objetos del duty-free que si luego no quieres tienes que devolver en el
duty-free de destino, y claro, seguro que algún indisciplinado es incapaz de
aguantar las cuatro horas de viaje con las chocolatinas en la mano sin
probarlas.