18 abr 2007

Por un Sáhara libre

En un rincón del extenso territorio Argelino se encuentra Tinduf, y en un rinconcito de Tinduf están instalados unos campos de refugiados para el pueblo Saharaui. Llevan allí mas de treinta años en una situación “transitoria” a la espera se pueda celebrar el referéndum de autodeterminación que obligue a Marruecos a devolverle su territorio.

En este recóndito lugar se celebra desde hace unos años el Festival de Cine del Sahara, con la intención de sensibilizar a la gente sobre la situación del Pueblo Saharaui y difundir propuestas educativas y de entretenimiento a través del cine. Recuerdo que el año pasado escuchaba embelesado en la radio las crónicas que desde allí transmitían, y ya entonces dije que algún día me gustaría ir allí, y este año por fin el sueño se ha hecho realidad.

Casi sin tiempo para meditarlo me encontré en el aeropuerto de Madrid con una mochila cargada con algo de ropa y mucha ilusión, embarcando en un viaje que cambiaria algo de mí.

Tras unas cuatro horas de vuelo desde Madrid haciendo escala en Orán, llegamos al aeropuerto de Tinduf. Desde allí un camión carga con el equipaje y unos coches con los pasajeros. Nos trasladan a Dajla, la wilaya mas alejada de Tinduf, y la que dicen es la más bonita. Este año se celebra allí el Festival. Poco mas de dos horas por carreteras asfaltadas y pistas polvorientas del desierto nos llevan al campamento. Allí nos reciben las familias que nos hospedarán en sus casas. Nos distribuimos en grupos de cinco o seis en una reunión que aunque parece caótica a simple vista, funciona perfectamente y poco a poco la gente va encontrando una familia.

Nos conducen a la casa de Fatma, la familia donde nos hospedaremos. Una construcción de adobe de unos veinte metros cuadrados, con el suelo cubierto de alfombras. En las paredes pintadas de blanco unas pequeñas ventanas situadas a baja altura le dan claridad y permiten correr el aire. En el techo, unas vigas de madera sujetan unas planchas de uralita que están pintadas de manera poco uniforme con un color celeste. Allí compartiremos un montón de horas durmiendo, comiendo y conversando con los miembros de la familia y amigos mientras disfrutamos del frecuente ritual del té. Mulay, el padre de Fatma, habla castellano y eso nos permite entendernos bien. Tiene mas de cincuenta años, y estuvo en el ejército del Sahara cuando todavía era colonia española.

Me pregunto que pensarán de nosotros. Que como elefantes por cacharrerías andamos en constante trasgresión de su cultura, sus normas, sus costumbres. Valorándolo siempre todo –Bien, esto está muy bien- ó –Mal, esto está muy mal-, como si de pronto alguien nos hubiera nombrado sabios jueces de lo que allí ocurre. Andamos como payasos de feria disfrazados con el turbante y la chilaba, porque mola mucho, aunque a ellos seguramente les dará la misma impresión que a nosotros cuando vemos a un guiri quemado por el sol con sus sandalias y calcetines paseando por la playa de Torremolinos. Supongo que con todo la mayoría venimos con las mejores de nuestras intenciones y eso nos absolverá de la mayoría de la culpa, aunque no por ello hemos de dejar de intentar acercarnos, pero con el mayor de los respetos, a ellos, a su cultura, a su fuerte dignidad. Y hacerlo siempre con la mayor humildad, porque si hubiera un modo de medir el nivel humano, seguro que nos ganaban de calle. Hay que tratar de poner todo el empeño por conocerles, por aprender de ellos, por dejarnos empapar de toda la valía que desprenden por los poros de su cultura. Aunque hay que ser conscientes que ni las mejores de las intenciones, ni el mayor de los esfuerzos nos garantizará el acierto.


Con todo no encuentro palabras para definir el trato que nos proporcionó la familia que nos hospedó. Sus muestras de cariño y generosidad pronto calaran en nuestra alma para ya no poder salir de allí nunca más. Desde Mulay, el entrañable patriarca de la familia, hasta los innumerables niños que pululaban por allí, consiguieron hacerse rápidamente un hueco en nuestros corazones. En un lugar donde solo hay calor, polvo y arena, ellos saben proporcionarte todo el cariño y el afecto para que te sientas en el lugar mas confortable del universo. Nunca olvidaré la sonrisa de Sahira, una niña de pocos años con la que a pesar de no hablar el mismo idioma conseguí entenderme a la perfección, y es que de alguna manera sí hablábamos de lo mismo. Quizá no sabía decir “adiós”, pero el beso de despedida que me regaló el último día tenía mucho mas significado que una simple palabra, tanto, que hizo imposible el poder contener las lágrimas que brotaron de mis ojos.


He podido conocer el coraje y la dignidad con la que vive este pueblo, arrinconado en el desierto del desierto. Llevan todos estos años soportando una situación de la que los españoles somos bastante culpables, pero lejos de recibirnos con ira o con rencor, todo lo contrario, nos reciben con los brazos abiertos y dándonos todo su cariño. Tienen todo tipo de elogios hacia nosotros, que no lo mismo frente a los gobiernos y clase política de nuestro país, con los que tienen un fuerte descontento y sensación de estar siendo traicionados por un pueblo lleno de intereses y mentiras.

Al final del viaje la mochila regresó mas ligera de peso, pero cargada con muchos recuerdos: el del cielo estrellado desde una alfombra en mitad de la arena del desierto; el de las sonrisas cómplices de los niños; el del abrazo de Mulay en la despedida; el del incansable interés por aprender de Ahmed con su libreta de sinónimos; el hospital necesitado de fármacos por las inexplicables razones de este mundo; el huerto en mitad del desierto con matas de tomates de dos metros; las mujeres recogiendo los alimentos de la ayuda humanitaria, sin saber cuándo será la próxima entrega; el dispensario efectuando una campaña de circuncisión a todos los niños del campamento; el recorrido con el alcalde, un hombre noble que lleva casi diez años en el cargo y que supervisa todas las actividades oficiales del campamento; y como no, el ritual del té, o el modo de detener el tiempo para preparar una infusión y conversar sin prisas, porque en el desierto no hay prisas, si algo le está sobrando a este exilio es eso, tiempo.



Por un Sahara Libre.

Campamento de Dajla (Tinduf, Abril 2007)








Refugiado es aquel que ha sido expulsado de su tierra por la egoísta tiranía de unos y la permisividad interesada de otros.

5 comentarios:

Mónica dijo...

Gracias por tu generosidad al abrirnos la fuerza de tu mirada a un pueblo, a una historia, a una familia, a una haima, a una sonrisa, a un encuentro, a unos sueños. Por un instante he podido sentir el mismo cielo estrellado, arropada por la mirada de una niña (que imaginaba en su tierra libre). Gracias por compartirte. Creciendo también desde el no-viaje, Mónica

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

Y sé que estas bellas palabras ya no se las va a llevar el viento...ni nada de lo que has recogido...ni tampoco nada de lo mucho que has dado, allí, en Dajla...y aquí, en el día a día...sigue hablando y contagiándonos...por la libertad... Inshallah...

cynthi dijo...

Creo...o mas bien sé,que todos vivimos por fuera del camino,
en un sentido o en otro,todos intentamos cerrar los ojos a una realidad que todos sabemos que existe y no queremos ver...
y hasta que no te decides y te sumerges no te haces realmente consciente de un mundo....que está
ahí,
para mi que conozco de las penalidades de estos pueblos,de estos seres nunca mejor llamados " humanos "
de caracter hospitalario,que te ofrecen todo a cambio de nada,
y que una vez mas te demuestran que a pesar de sus carencias en todos los aspectos.....
siempre tienen una sonrisa en los labios,
para mi...son una leccion de vida,
una demostracion de supervivencia y
de muchas mas cosas que no cabría en resumir,porque me faltaria espacio y tiempo.
me quedo con las sonrisas de esos niñ@s.....
porque a pesar del hambre, las mutilaciones y tantas penurias,
ellos siempre sonrien,
la sonrisa de un niño...aun mueve un corazon...un alma....un mundo.
saludos

Dan dijo...

...No te vayas Desierto, permanece fresco en mi memoria, te necesito para que no se sequen los recuerdos y la magia siga viva.