Ya viene siendo habitual que mi marcha de los sitios es costosa, pero ciertamente son los momentos mas difíciles del viaje.
Dejo Mar de Plata, un lugar que ya no reconoceré solo por el festival internacional de cine, sino por los momentos que allí he pasado. El hostel Casagrande, la gente que allí trabaja y los viajeros con los que compartir grandes vivencias en esa antigua casona.
He disfrutado del lugar: su mar bravo; sus playas de arena y acantilados; sus calles de la ciudad; su Sierra del Padre y la laguna. Pero sobretodo he disfrutado de la gente: Abel, Andrés, Ana, Erla, Selina, Mariella, Leo, Erik, Emanuel, Nico, Liza, Gabriel, Sebastián, Darío, Greta, Maui,...y todos aquellos que me han hecho pasarlo bien.
Ayer me despedí de la ciudad en la playa con Maui y Emanuel. Emanuel es el que me ha dado sabias nociones de como jugar al "truco", pero también sobre otras muchas cosas mas de la vida. Un tipo cuyo esterotipo podría parecer el de un joven desocupado, que no para de fumar marihuana y que no tiene ningún rumbo en su vida, pero el individuo está muy lejos de todo eso. A sus diecinueve años, que no los aparenta, es una persona muy inteligente, quizá demasiado, y eso le hace atormentarse en exceso. Vive todo el tiempo a un palmo de lo que pasa a su alrededor, una altura peligrosa en algunos momentos, pero de la que le cuesta bajarse, pues dentro de su cabeza el mundo gira a otras revoluciones. A Maui la conocí ayer en Casagrande, ya no vive allí, pero sigue apareciendo de vez en cuando. Ayer tuve la oportunidad de hablar bastante con ella y conocerla. A sus veintipocos años ya conoce bastante sobre la dureza de la vida. Empezó a visitar psicólogos con apenas seis años, por asuntos familiares que se hace duro imaginarlos, pero es una persona fuerte, que está sabiendo superar todo eso de una manera encomiable, con mucha personalidad y formando un carácter envidiable. Con gran sensibilidad y amor a la vida. Fue ella la que nos invitó a despedirnos de la ciudad en la playa tomando un mate mientras veíamos amanecer. Hacía un frío que pelaba y mi garganta no paraba de toser, pero mereció la pena. Un momento para disfrutarlo, para recordarlo, para guardarlo para siempre, como el adiós a este bello lugar donde tanto he disfrutado.
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