Jueves 29 Julio 2010 (21:30hrs)
Estoy sentado en la terraza de un restaurante en la plaza central de Gyor, frente a su espectacular basílica Szechenyi tér, y es que hoy no quedan fuerzas para buscar por los suburbios de la ciudad, así que he tomado la solución mas fácil. Y es que hoy la etapa ha sido físcamente “exigente”. Siempre he pensado que el segundo día es aun mas duro que el primero, pues todavía no has adquirido la fomra que va dando el paso de las jornadas, pero arrastras el cansancio del día anterior, que al haber sido la primera la tomaste con la sensación de frescura de andar bien. Pero ya lo decía mi amigo Chinchilla, el preparador físico del club de balonmano de Málaga, siempre hay que ir de menos a mas, y quizá ayer no fue lo de menos para ser la primera sesión de bici de la temporada. Han sido casi cien kilómetros, que aunque llanos y por un piso perfecto, no dejan de ser kilómetros. Además mi paso por Medvedov, junto a la frontera húngara fue recibido por la lluvia, lo cual no facilita las cosas.
La jornada comenzó paseando por el centro de la ciudad de Bratislava en bicicleta, tras realizar en el super las compras necesarias: frutos secos, galletas, barras de cereales, zumos,.. cualquier cosa que reponga las energías que se van quedando por el camino. Me deleito entre calles peatonales repletas de espectaculares edificios que por su estilo arquitectónico dejan claro que estoy lejos de casa. La Catedral de San Martin, la Iglesia Franciscana, La Puerta de Michael, y todo la edificación en su conjunto que la hacen una ciudad muy atractiva para el viajero. En el paseo me cruzo con un coche oficial de la Unión Europea con la bandera de España, y es me ocurre que fuera de España me hace ilusión ver la bandera, y luego dentro me produce cierto rechazo. Dentro del vehículo me parece reconocer al ex ministro de economía Pedro Solbes, que ahora supongo asesora en europa, y es que aquí todavía andan en la transición al euro manteniendo ambas monedas.
Al abandonar la ciudad la ruta discurre por una carretera exclusiva para vehículos no motorizados, con un asfalto perfecto no solo para bicicletas, sino también para corredores y patinadores. No haré ningún comentario sobre el aspecto físico de las patinadoras eslovacas, pero ya se pueden imaginar que todo el día con los patines de aquí para allá no genera celulitis precisamente. No pude resistir la tentación de fotografiar a una patinadora que paseaba a su bebé en el carrito montada en unos patines en línea y hablando por el teléfono móvil, toda una madre del siglo xxi.
(de pronto mientras escribo estas líneas en la plaza suena música clásica y el agua de la fuente fluye al compás, que bonito!)
Mientras disfrutaba del paisaje, la naturaleza, se entiende, un corredor se desplaza en sentido contrario hacia mí en el mismo lugar de la via (mi derecha, su izquierda). Tras él, un ciclista está a punto de adelantarlo (por su derecha), cuando el corredor al verme se aparta hacia su derecha para dejarme paso y… crash!. El ciclista que pretendía adelantarlo, para no atropellar al corredor se sale de la calzada pegándose en la cuneta un trompazo de órdago. Al levantarse se pone a discutir con el corredor en un perfecto eslovaco que no alcanzo a descifrar, pero aunque comienza con los ánimos acalorados finalmente llegan a un acuerdo amistoso. Pero eso sí, la bici está de pena: un radio roto; la dirección doblada y la rueda hecha un ocho. Como espectador excepcional del acontecimiento solo podía detener mi marcha y al menos ofrecer mi juego de herramientas. No hablaban inglés (ni yo eslovaco) pero ni falta que hacía: una llave allen del 6 por aquí; la llave inglesa por allá; ahora ésta para soltar la tuerca del freno;… total media hora allí liados tratando de que al menos la bici pudiera ponerse en marcha para que continuara hasta su casa, que espero no estuviera muy lejos.
Tras continuar la marcha me sigo cruzando con patinadoras, que me rio yo de Venice Beach, ja!. Esto solo es comparable a la quinta dimensión que algunos conocimos en Marbella, pero esa es otra historia. Me cruzo con una que al parecer ha sufrido una caída, pues lleva una rodilla ensangrentada. Me apunto para el próximo viaje el llevar Betadine, que puede venirme bien, por si me caigo digo.
A los pocos kilómetros un ciclista parado al borde de la carretera de hace señas para detenerme. Se le ha desinflado la rueda y trato de ayudarle con mi bomba de aire, pero me percato de que su válvula es de las finas. Sé que mi bomba permite adaptarla a ese tipo de válvulas pero como nunca he tenido que realizarlo no recuerdo como hay que colocar las piezas. Desarmo la válvula y pruebo con una combinación, pero solo consigo sacar mas aire del que introduzco, ante la cara de estupor del ciclista que me mira como si se le hubiera aparecido el Sr Muerte en mitad de la carretera –Chaval, hago lo que puedo-. Ahora la rueda está completamente desinflada y empiezo a agobiarme. Vuelvo a desarmar la válvula tratando de encontrar la posición correcta. Vuelvo a intentarlo y ahora sí entra bien el aire, pero cuando está a medio inflar se rompe la bomba y ya no es posible bombear mas aire. La rueda está a medio inflar, no sé si con mas o menos aire de lo que tenía antes, pero la cara del tipo es de poco agradecido. No sé si es un problema de idioma o del carácter centro europeo, pero el tipo no agradece mi intención, y mas bien se marcha molesto por no haber podido solucionar su problema. ¿los patines llevan aire?
Algo mas adelante el camino pasa junto a un lago, Rusovské jazero, donde los lugareños tuestan sus cuerpos al sol, y se tuestan bien, al estar desprovistos de prendas que dejen marcada su piel. No puedo desaprovechar la tentación para darme un chapuzón, y refrescarme mientras me alegro la vista con algunas bañistas, además sin la necesidad de luego tener que poner el bañador a secar. No soy pez de agua dulce, y tampoco está ya uno para lucir moreno, así que tras un bañito rápido y a la bici.
Al llegar a Cunovo el camino se divide y no encuentro la ruta Eslovaca por donde continuar. Le pregunto a un alemán, que al reconocer mi acento, me recuerda que les eliminamos en el mundial y que el va por la ruta húngara. Tras unos minutos de desconcierto consigo encontrar el camino, que atraviesa la presa artificial eslovaca que al parece fue origen de algunas desavenencias entre vecinos. La ruta continúa por el dique de la presa, por un entorno espectacular, tranquilo y muy agradable, pero veo a lo lejos un pueblín y ya me iba apeteciendo salirme del camino, así que decido apartar la guía por un momento y atravesar Dobrohost, Vojka, Bodiky. Localidades por las que me temo no pasa mucha gente con una pinta como la mía. En Vojka trato de hacer un avituallamiento, pero no encuentro la tienda indicada en el panel informativo que hay a la entrada de la aldea. O eso creía al ver solo un establecimiento llamado “Colors”, y es que con ese nombre pensé que o bien era una peluquería o una casita de colores. Por aquí el inglés ya no es suficiente y hay que adornarlo con gesticulaciones y astucia para hacerse entender. En un perfecto húngaro una viandante me indica que el establecimiento no es ni lo uno ni lo otro, sino un perfecto ultramarino lleno de ambrosías para el ciclista. La hija de la tendera, una pequeña de doce años sirve de intérprete para pedir zumo natural y unas chocolatinas. Definitivamente esta es la Eslovaquia mas profunda y menos turística que buscábamos.
Al llegar a Gabcikovo estoy algo cansado y prefiero buscar alojamiento, pero aunque en el mapa aparecían muchos puntitos, el pueblito no da para mucho. No hay oficina de información y nadie habla inglés, por lo que la cosa se complica para buscar alojamiento. ¿No querías Eslovaquia profunda? Pues esto es como Stroeder, pero sin entender un chavo. No veía ningún anuncio indicativo pero de pronto en un poste publicitario veo un cartel con una foto con lo que parece indicar alojamiento de ambiente privado, o algo así, por lo que sigo las indicaciones hasta llegar a la casa. Al tocar el timbre me abre la que podría ser Miss Eslovaquia 2011. Tras reorganizar mis neuronas le pregunto si es un lugar de alojamiento, vaya a ser que sea otra cosa, que no sería la primera vez. Me dice que sí, que vive sola con su hija pequeña y que alquila una habitación para turistas y que hoy está libre. Empiezo a pensar que de aquí salgo descuartizado. La verdad es que no sabría decir si ofrecía algo más, si me estaba seduciendo o simplemente trataba de ser amable para alquilar la habitación, pero a mí me parecía todo muy raro, y no podía quedarme a comprobar cual era la razón de todo aquello, así que cuando me dijo que 30€ por la habitación –Uf!, imposible, no me lo puedo permitir, gracias, adiós-
Así que a continuar el camino. Tardé un rato en asimilar lo que había pasado, y si esto lo podría contar, pues desde el viaje de estudios del colegio no había sentido un acojone parecido. El problema es que las piernas sí que necesitaban un masaje y en las próximas localidades no había muchas expectativas de alojamiento. En Sap nada, y eso que por el nombre podría parecer que podría albergar cualquier cosa (chiste de informático), allí solo encontré una tienda donde repostar “natural water”. En Medvedov, la siguiente localidad tampoco parecía haber ningún alojamiento, por lo que la única opción era atravesar la frontera y recorrer los 21kms que me separaban de la localidad húngara de Gyor. Estaba cansado y parecía que la cosa se ponía fea, pero si uno piensa que la cosa está mal, siempre puede ir peor. Sonaron unos truenos que no presagiaban nada bueno, y antes de que terminara de ponerme el traje de lluvia estaba cayendo el diluvio universal. Y yo que pensaba que esto solo pasaba en el trópico. Menos mal que le hice caso a mi hermana y puse el traje de lluvia en el equipaje. Afortunadamente el haber comprado el equipo para un viaje invernal en el hemisferio sur hace que todo esté preparado para estos menesteres: las alforjas tienen funda impermeable; la caja del manillar es estanca; el GPS es impermeable; y el traje de lluvia me cubre hasta los zapatos.
Una vez colocado el traje, no sé si con mas agua por dentro que por fuera, reanudo la marcha, que esto va a ser divertido, pienso. Cuando apenas llevaba un kilómetro me percato de que con las prisas al ponerme el traje olvidé el casco en el suelo del sitio donde había parado. Vuelta a por la chichonera. Con lo bien que se está en el salón de casa tumbado en el sofá tomando una cerveza helada…
El camino hasta Gyor no viene marcado en la guía, solo es una alternativa que indica, pero no describe, por lo que habrá que improvisar con la ayuda del GPS. Por lo pronto hay que atravesar un puente sin arcén por el dos de cada tres vehículos que pasan son grandes camiones circulando a gran velocidad(menos mal que esto no lo leerá nadie hasta mi vuelta, si no alguien podría preocuparse). Pero no pasa nada, afortunadamente hay buena visibilidad, y ya conocemos la técnica del “sprint”, que consiste en esperar a que no venga nadie y dar un sprint hasta ver que se acerca un vehículo y entonces apartarse al arcén. Con esta técnica apenas los tres kilómetros que decía el del puesto fronterizo que había pueden llevar un buen rato, pero la seguridad es lo primero. Pero por si la tarde no estuviera suficientemente animada hicieron su aparición los mosquitos. En cada parada en el arcén me acribillaban a picotazos, y ni la capa de repelente les hacía desistir de su objetivo, por lo que se incentivaba la idea de superar cuanto antes el tramo de carretera.
(Mientras escribo me sirven el segundo plato. Tras los pancakes con espinacas me sirven una lasaña de carne que no me va a dejar hambriento. Todo ello acompañado por Borostuán, una cerveza que según el camerero ni rubia ni negra, pero con mucho cuerpo y sabor. Rica)
Al pasar los kilómetros del infierno alcanzo el desvío de Vamosszabadi y aunque la carretera está fatal y llena de charcos por la lluvia, no pasa ni Dios, así que tranquilito y pasito a pasito ya llegaré. Al menos la lluvia ha amainado y ya solo me cae un leve chispoteo. Según el GPS todavía quedan mas de dos horas hasta la puesta de sol, por lo que no hay problema. Todo parecía controlado, pero al llegar a un cruce de Gyorbacsa no tengo ni idea de por donde seguir. La guía no lo detalla, el GPS no tiene el mapa del lugar, y por aquí no pasa ni Dios. Pero de pronto apareció Valik, un Ángel con apariencia de persona. Era un Ángel gordo y feo, no con tanta belleza y estilismo como otro Ángel que conozco, pero apareció en un momento muy oportuno. Estaba con su bici en la parada de autobús temeroso de mojarse, pues la lluvia hacía leves apariciones. Me indicó el camino, pero no parecía sencillo orientarse por ese marasmo de cruces por caminos de tierra y barro, por lo que se animó a acompañarme y descartar la opción del autobús aun arriesgando la opción de mojarse, pues él no tenía traje de lluvia que le protegiera. Ese fue mi recibimiento a Gyor, la primera localidad húngara, con escolta incluído. Al llegar lo primero es encontrar un alojamiento, pues estoy bastante calado y necesito una buena ducha caliente. Encuentro un modesto hotel que aunque de dudoso gusto decorativo, es limpio y confortable, perfecto para pasar la noche.
Al día siguiente continúa la lluvia, por lo que me quedo remoloneando en la cama a la espera que abra el día, mientras veo en el televisor que en el campeonato de atletismo que se celebra en Barcelona se disputa la prueba de marcha atlética, un entretenimiento complementario al libro de lectura y al diario de viaje para pasar la espera. Finalmente parece que el tiempo mejora y decido continuar la marcha, pues antes de las once he de dejar la habitación del hotel, que aquí lo del check-out se lo toman muy en serio.